La vega en primavera es un estallido de vida que parece haber estado contenido todo el invierno, esperando su momento para desbordarse. El verde ya no es un color: es una multitud de matices. Brotes tiernos, casi luminosos, conviven con tonos más profundos y densos, como si la tierra estuviera ensayando todas sus posibilidades a la vez. El aire cambia también. Tiene algo de humedad reciente, de suelo removido y de savia en movimiento. Cada paso despierta aromas: hierba recién nacida, flores diminutas que apenas se dejan ver, agua que corre cercana aunque no la veas. Todo parece más ligero, más dispuesto. Los árboles, que hace poco eran esqueletos silenciosos, ahora se visten con una impaciencia casi visible. Las hojas no terminan de asentarse cuando ya tiembla en ellas la luz, filtrada en mil fragmentos. Y entre las ramas, los pájaros no solo cantan: discuten, celebran, anuncian que el mundo vuelve a empezar. Los campos se llenan de actividad sin estridencias. Hay una armonía discreta: insectos que zumban, flores que se abren sin ruido, corrientes de agua que insisten. Nada busca protagonismo, pero todo participa. La vega en primavera no es solo paisaje; es un pulso. Un recordatorio de que la renovación no llega de golpe, sino en capas, en pequeños gestos que, juntos, transforman por completo lo que parecía dormido. Y al mirarla, uno no puede evitar sentir que algo propio también despierta.