2026                                       

LA OPINIÓN Y EL ANÁLISIS


diario de un ateo

 

 

Los pilares de la Iglesia se derrumban

La Iglesia no es una institución espiritual: es un imperio ideológico que ha sobrevivido dos mil años gracias a la manipulación, el miedo y la mentira sistemática. No nació para acercar al ser humano a ninguna verdad trascendente, sino para dominar conciencias cuando la ignorancia era el terreno perfecto para el abuso. El relato es viejo y eficaz: un Dios inventado por el hombre, moldeado según sus temores y su necesidad de consuelo, convertido después en arma política.

A los pobres se les prometió el cielo para que aceptaran la miseria en la Tierra. A los poderosos se les ofreció legitimidad divina para seguir explotando sin culpa. El trato fue claro desde el principio: resignación a cambio de esperanza ficticia. Nada ha hecho tanto daño al progreso humano como la Iglesia organizada. No fue un daño colateral, fue un plan consciente. Cada avance científico, cada idea libre, cada mente brillante fue vista como una amenaza. Y se actuó en consecuencia: censura, persecución, tortura, hoguera. Se asesinó a personas en nombre del amor, se quemaron libros en nombre de la verdad y se aplastó el pensamiento crítico en nombre de Dios. No fue fe: fue terror.

Mientras la humanidad avanzaba a trompicones, la Iglesia se encargó de frenarla, encadenándola a dogmas absurdos y supersticiones elevadas a ley moral. Siglos de atraso, ignorancia y sumisión pesan directamente sobre sus hombros. La ciencia avanzó a pesar de la Iglesia, nunca gracias a ella. Hoy, quien visite el Vaticano no ve rastro alguno de espiritualidad: ve obscenidad. Una obscenidad insultante. Oro, mármol, lujo, poder. Palacios levantados sobre la miseria ajena. Jerarcas religiosos vestidos como príncipes predicando humildad. Cruces de oro macizo representando a un supuesto dios que murió pobre y torturado. Si eso no es una burla obscena, ¿qué lo es? Allí no hay fe, hay administración del negocio religioso. Hay influencia política, dinero opaco, intereses económicos y una estructura diseñada para perpetuarse a sí misma.

Funcionarios del dogma, burócratas de la culpa, guardianes de una moral que ellos mismos violan de forma sistemática. Porque si algo define a la Iglesia es su podredumbre moral. Abusos encubiertos, criminales protegidos, víctimas silenciadas, archivos cerrados, mentiras repetidas hasta el agotamiento. Predican castidad mientras esconden violaciones. Hablan de familia mientras destruyen vidas. Exigen arrepentimiento a los demás mientras jamás asumen responsabilidades. No es hipocresía: es cinismo institucionalizado. Sus dogmas no resisten el menor análisis racional.

Son relatos mitológicos blindados contra la evidencia, sostenidos a base de miedo y repetición. Cuando la razón los desmonta, recurren a la culpa. Cuando la culpa falla, recurren al poder. Y cuando todo falla, recurren al silencio. Así han sobrevivido: no por verdad, sino por control. Y lo más revelador es esto: cuanto más cerca se está del núcleo del poder eclesiástico, más ausente está Dios. No hay espiritualidad, no hay compasión, no hay trascendencia. Hay ambición, privilegio y una maquinaria diseñada para protegerse a sí misma a cualquier precio.

Dios es solo la marca; el producto real es el poder. Negar esta realidad no es fe: es complicidad. Defender esta institución no es espiritualidad: es ceguera voluntaria. La verdadera blasfemia no es cuestionar a Dios, sino usar su nombre para justificar siglos de violencia, mentira y explotación. Tal vez haya llegado el momento de decirlo alto y claro: la Iglesia no salvó a la humanidad, la retrasó.

Y solo cuando el ser humano se libere definitivamente de sus dogmas, de su culpa y de su miedo, podrá empezar a pensar, vivir y decidir sin cadenas.

Desengañarse no es perder valores. Desengañarse es recuperar la libertad.

 

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Religión: la gran industria de la ignorancia

La religión no ha sido, como suele afirmarse, un refugio espiritual inocente, sino una de las herramientas de manipulación más eficaces y persistentes de la historia humana. Su presencia constante en todas las sociedades no demuestra su verdad, sino su utilidad como mecanismo de control. Desde la cuna, millones de personas son marcadas por una identidad religiosa que no eligieron, obligadas a aceptar dogmas antes incluso de aprender a pensar. No es fe: es adoctrinamiento temprano.

Cuando una creencia se implanta antes del desarrollo del pensamiento crítico, deja de ser una opción libre para convertirse en una jaula mental. Así se anula la capacidad de distinguir entre lo real y lo ficticio, entre conocimiento y superstición. La religión no busca individuos lúcidos, sino creyentes dóciles. La ignorancia, lejos de ser un fallo del sistema, es su combustible.

Resulta grotesco comprobar cómo, en pleno siglo XXI, las instituciones religiosas continúan difundiendo discursos anacrónicos, sostenidos por la culpa, el miedo y la promesa de una salvación indemostrable. Mientras predican resignación y sacrificio, recaudan diezmos, donaciones y herencias, engordando un patrimonio obsceno en bienes, tierras y capitales. La fe, convertida en negocio; la esperanza, en mercancía.

Todo esto se perpetúa gracias a una manipulación sistemática de las mentes más vulnerables. Se ensalza la fe como virtud suprema y se demoniza la duda como pecado. Pensar se vuelve peligroso; cuestionar, inmoral. Así se garantiza la continuidad del “rebaño”, fiel no por convicción racional, sino por miedo a pensar fuera del dogma.

En una democracia real, criticar la religión no solo es legítimo: es imprescindible. La crítica racional es el antídoto contra la superstición institucionalizada. Acusar de intolerancia a quienes cuestionan los dogmas es una estrategia tan vieja como la propia Iglesia. Intolerante no es quien critica ideas, sino quien pretende blindarlas contra el análisis. La historia eclesiástica, escrita con censura, hogueras y persecución, lo demuestra sin necesidad de matices.

La situación se vuelve especialmente obscena cuando este aparato ideológico se dirige a los niños. La educación religiosa infantil no es formación moral: es programación mental. Se inculcan miedos metafísicos, culpas heredadas y obediencia ciega antes de que exista capacidad de defensa intelectual. Así se garantiza la reproducción del engaño generación tras generación.

El llamado moralismo cristiano, y en particular el católico, pretende seguir erigiéndose como brújula ética universal. Pero su autoridad moral es una farsa. Habla de pobreza mientras acumula riqueza, predica amor mientras encubre abusos, exige sumisión mientras vive en privilegio. Su discurso ético se desmorona ante el peso de su propia hipocresía.

Criticar la religión no es atacar a los creyentes, sino denunciar un sistema que ha vivido históricamente de la desinformación, el miedo y la sumisión. Defender la razón, la duda y la libertad de conciencia no es soberbia intelectual: es una forma de resistencia. Porque mientras existan dogmas intocables, no habrá pensamiento libre; y sin pensamiento libre, la dignidad humana seguirá siendo rehén de la superstición.

 

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El peso de existir cuando nada promete

Hoy escribo desde el existencialismo puro y duro y os advierto que es difícil de asimilar, porque llega un momento en que todo es blanco o negro.

Llega un punto en la vida en el que ya no se cae: se permanece. No hay abismo ni revelación, solo una continuidad opaca. El mundo sigue ahí, intacto, mientras uno ha dejado de esperar algo de él. No porque haya perdido la capacidad de creer, sino porque ha comprendido el costo de hacerlo. Dios fue una hipótesis necesaria mientras el caos parecía intolerable. Pero cuando el silencio se prolonga demasiado, la fe deja de ser consuelo y se convierte en artificio.

 No es que Dios muera: es que deja de ser imprescindible. Y con su retirada, el hombre queda condenado a una intemperie sin explicación. El amor, que alguna vez prometió sentido, revela su límite. No falla por debilidad moral, sino por naturaleza. Ningún otro puede cargar con el peso de nuestra existencia. Pretenderlo fue siempre una forma refinada de evasión. El amor no salva: acompaña, y a veces ni siquiera eso.

Cuando se comprende, el deseo persiste, pero la esperanza se extingue. También los ideales caen, no por traición, sino por exceso de realidad. Toda bandera simplifica lo que el mundo insiste en complicar. El que ha visto demasiado ya no puede gritar consignas sin mentirse. La renuncia a la causa no es cobardía; es el duelo por una épica imposible. Así aparece la calma tediosa: no el sufrimiento trágico, sino algo más insoportable.

Una vida sin vértigo. Sin preguntas que prometan respuesta. El tiempo avanza sin dirección, y el devenir no conduce a nada que merezca ser esperado. Existir se vuelve un acto sin justificación.¿Qué hacer, entonces, con ese resto irreductible que llamamos alma? ¿Con ese amor infinito que no encuentra destinatario? Tal vez nada. Tal vez esa sea la verdad final: no todo lo que somos está hecho para cumplirse.

Hay fuerzas en nosotros que no conducen a ningún lugar, y aun así exigen ser soportadas. El existencialismo comienza aquí: no cuando se busca sentido, sino cuando se acepta su ausencia sin huir. Vivir ya no es realizarse, ni salvarse, ni servir. Es resistir la tentación de inventar ficciones tranquilizadoras. Es sostener la conciencia despierta en un mundo que no responde. No hay redención al final del camino.

No hay síntesis ni reconciliación. Solo la posibilidad (frágil, mínima) de una vida asumida sin excusas. De una dignidad sin esperanza. De una lucidez que no se arrodilla. Y quizá eso sea lo único que queda cuando se ha perdido todo: no la fe, ni el amor, ni los ideales, sino la negativa obstinada a mentirse.

Permanecer de pie en un universo indiferente, sabiendo que no hay sentido… y aun así, no abdicar. Resistir, no es un absurdo, sino coraje, valentía  y un acto de altruismo, que honra y dignifica.

 

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Reyes Magos: No, no es magia, es fantasía, y una estafa que se repite cada Enero

Cada mes de enero se consuma uno de los engaños colectivos más normalizados de nuestra sociedad. Un fraude aceptado, celebrado y defendido incluso por quienes más lo sufren. Se llama Reyes Magos y se vende como ilusión infantil, cuando en realidad es una estafa emocional y económica que castiga a los pobres, premia a los ricos y educa en la mentira.

No hablamos de magia ni de tradición inocente. Hablamos de un mecanismo de presión social que obliga a millones de familias a gastar lo que no tienen para no quedar señaladas como “malos padres”. Hablamos de tarjetas de crédito echando humo, de préstamos rápidos con intereses obscenos y de hogares que empiezan el año en números rojos por cumplir un ritual que no eligieron, pero del que no se atreven a escapar.

A los niños se les inculca desde pequeños una idea profundamente perversa: “Si te portas bien, los Reyes te traerán regalos”. Una promesa falsa desde su raíz. Porque los regalos no dependen del comportamiento, sino del saldo bancario de los padres. Así, el sistema enseña muy pronto una lección cruel: la pobreza se castiga y el dinero lo justifica todo.

El niño aplicado, educado y respetuoso abre paquetes modestos, escasos, casi simbólicos. El niño caprichoso, maleducado o agresivo (pero con padres acomodados) recibe consolas, móviles y montañas de juguetes. ¿Qué mensaje queda grabado a fuego? Que ser bueno no sirve. Que el mérito es irrelevante. Que la justicia es un cuento para pobres.

Esta desigualdad obscena se exhibe sin pudor en colegios y barrios. Se comparan regalos, se humilla al que menos tiene y se normaliza que algunos niños “valgan más” que otros porque sus padres pueden pagar más. Todo bajo la sonrisa hipócrita de una sociedad que dice proteger la infancia mientras la utiliza como escaparate del consumo.

Los padres, atrapados en este chantaje, hacen lo imposible. Se endeudan. Renuncian a necesidades básicas. Se sienten culpables por no llegar. Algunos cruzan límites desesperados. Todo para sostener una mentira que no inventaron ellos, pero que el sistema les exige representar. Porque aquí nadie quiere ser el adulto que “rompe la ilusión”, aunque esa ilusión sea tóxica y profundamente injusta.

Mientras tanto, los únicos ganadores son los de siempre: grandes superficies, multinacionales del juguete y entidades financieras. Los verdaderos Reyes Magos. Ellos sí reciben oro. Mucho oro. A costa de la ansiedad, la culpa y el endeudamiento de millones de hogares. Un negocio redondo envuelto en papel brillante y anuncios lacrimógenos.

Y llega el momento inevitable: el descubrimiento. El día en que el niño entiende que no había Reyes, que no había justicia ni magia. Que todo era una ficción. Ese día no se pierde una ilusión: se pierde la confianza. Se aprende que los adultos mienten. Que la religión fabrica cuentos convenientes. Que el sistema necesita engañar para seguir funcionando.

¿De verdad esto es educación? ¿De verdad esto es amor? ¿De verdad necesitamos mentir para criar?

La respuesta es incómoda, pero clara: los Reyes Magos no son una tradición, son propaganda. No fomentan valores, fomentan consumo. No generan igualdad, generan frustración. No traen ilusión, traen deuda.

Ya va siendo hora de decirlo alto y claro. Mantener esta farsa no nos hace protectores de la infancia, nos hace cómplices de un engaño colectivo. La verdadera valentía no está en seguir el cuento, sino en romperlo. En explicar a los niños que los regalos cuestan trabajo, que el cariño no se compra y que la dignidad no depende de una noche al año.

Porque esto no es magia. Es propaganda. Es negocio. Es una gran mentira que juega con la inocencia de los niños y la desesperación de los padres, cuando comprueban como sutilmente son victimas del atraco perfecto. Y demasiados siguen aplaudiendo mientras les vacían el bolsillo.

Los Reyes Magos no educan: adoctrinan en el consumo. No igualan: humillan al pobre. No protegen la infancia: la utilizan como rehén emocional para que los adultos obedezcan y paguen. Año tras año, el sistema repite el ritual y millones aceptan el chantaje con la cabeza baja, la tarjeta en la mano y la culpa clavada en el pecho.

Basta ya de cuentos. Basta ya de fingir que no pasa nada. Basta ya de llamar “ilusión” a la desigualdad y “tradición” al saqueo. Cada regalo comprado por encima de las posibilidades no es amor: es miedo. Miedo a señalarse. Miedo a quedar fuera. Miedo a decir la verdad.

La verdadera magia no está en mentirle a un niño, sino en respetarlo. En no tratarlo como un idiota. En enseñarle que los regalos no caen del cielo, que cuestan horas de trabajo, esfuerzo y renuncias. En mostrarle que la dignidad no se mide en juguetes ni en cajas envueltas con lazos dorados.

Quien sigue sosteniendo esta farsa no es inocente. Es cómplice. Cómplice de un sistema que endeuda a los débiles, normaliza la desigualdad y se enriquece vendiendo culpa envuelta en papel brillante. Cómplice de una mentira colectiva que se transmite de padres a hijos como si fuera una herencia maldita.

Hay que romper el ritual. Hay que decir la verdad. Hay que negarse a seguir participando en este atraco anual disfrazado de fiesta. Porque mientras sigamos aplaudiendo el cuento, seguirán vaciándonos el bolsillo… y la conciencia.

No son Reyes. No son Magos. Son comerciantes. Y ya va siendo hora de dejar de rendirles pleitesía.

 

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Surge una nueva Secta: "Hakuna Patata": el timo religioso de siempre, ahora con guitarra

Una cosa es el espíritu navideño, entrañable y familiar y otra el entramado religioso con motivo de estas fiestas navideñas. Y claro, hay listos (los mismos de siempre) que aprovechan el momento para pescar en aguas revueltas el poco pescado religioso que queda y esparcir la simiente de la ficción con un único propósito: impedir que el emporio económico y sus pilares se derrumben por completo. Parecía difícil, pero lo han conseguido.

Cuando muchos pensábamos que la religión organizada ya había tocado techo en creatividad, aparece el timo de siempre, ahora con guitarra. En pleno siglo XXI, cuando el pensamiento crítico debería ser la norma y no la excepción, surge , una propuesta presentada como juvenil, alegre y moderna que, en realidad, no aporta nada nuevo. " Es el timo de siempre". Cambia el envoltorio, pero el contenido sigue siendo el de siempre: dogma, manipulación, ocultismo, obediencia y verdades incuestionables.

Música, sonrisas y mensajes positivos sustituyen al púlpito, pero el objetivo es el mismo: captar mentes jóvenes que aún están aprendiendo a distinguir entre hechos y creencias. No es casual que detrás de esta estética amable aparezca la sombra ideológica del Opus Dei, una de las estructuras más conservadoras y poderosas del catolicismo. La ironía es evidente. Estas iniciativas proliferan justo cuando los datos muestran que las sociedades más libres, prósperas y avanzadas son aquellas que han relegado la religión al ámbito privado.

 Menos dogma, más derechos, mas progreso.  Pero claro, el negocio no puede parar. Y la religión, más allá de discursos elevados, sigue siendo uno de los negocios más rentables de la historia. Patrimonio inmenso, donaciones constantes, privilegios fiscales y una jerarquía que predica austeridad mientras vive rodeada de lujos bastante terrenales. captación de mentes jóvenes que aún no han desarrollado herramientas sólidas para separar hechos de creencias, historia de mito, ciencia de dogma. Se les ofrece felicidad, pertenencia y respuestas absolutas a cambio de obediencia y pensamiento único. La fórmula es conocida: música pegadiza, mensajes simples, comunidad cerrada y un relato emocional que evita preguntas incómodas.

Todo muy alegre, todo muy positivo… hasta que uno empieza a rascar un poco y descubre que detrás del “Hakuna” asoma, una vez más, la sombra del Opus Dei, una de las organizaciones religiosas más conservadoras, influyentes y económicamente poderosas del catolicismo y que no dudaría en imponer de nuevo la "Diábólica, siniestra y terrorífica Inquisición, si la ley se lo permitiera. Menos fe impuesta, más pensamiento libre. Pero el negocio no puede parar. Porque la religión organizada, más allá del discurso espiritual, sigue siendo una maquinaria económica formidable: patrimonio, donaciones, privilegios fiscales y jerarquías que predican austeridad desde la comodidad.

 El problema no es creer, sino adoctrinar. No es la fe personal, sino la manipulación emocional. Cuando se ofrecen respuestas simples a cambio de obediencia y se desalienta la duda, la frontera entre religión y secta se vuelve peligrosamente fina. Creer es una opción. Pensar debería ser un derecho irrenunciable. Y cualquier sistema que tema a la duda merece, como mínimo, una crítica sin concesiones.

 Y aunque se presenten como espacios lúdicos y musicales, numerosos indicios apuntan a una continuidad ideológica con estructuras tradicionales del catolicismo más conservador, entre ellas el Opus Dei. El cambio no está en el contenido, sino en la forma: un lenguaje emocional, dinámicas de grupo y elementos estéticos pensados para atraer a una población joven aún en proceso de maduración intelectual y crítica.

Desde una perspectiva sociológica, resulta significativo que estas estrategias de captación surjan en un momento histórico en el que los indicadores de desarrollo humano muestran una correlación clara entre secularización y progreso social. Los países con mayores niveles de libertad individual, igualdad de género, crecimiento económico y calidad democrática son, en su mayoría, aquellos donde la religión ha dejado de desempeñar un papel central en la vida pública.

Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos por qué a muchas sectas se las vigila y sanciona, mientras otros movimientos (como HAKUNA), con métodos muy similares pero mejor maquillados, campan a sus anchas.  No se trata de prohibir creer, sino de impedir que el engaño se disfrace de diversión. Que bastante tiempo (2000 años) nos han tomado el pelo, como a simples panolis.

 Porque pensar libremente debería ser un derecho. Y vender cuentos como verdades, al menos, algo que merezca un serio debate social.

 

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Religión, dogma y poder: una mirada crítica desde la razón

Desde que el ser humano comenzó a preguntarse por el sentido de su existencia, las religiones han ocupado un lugar central en la construcción de relatos, normas y esperanzas. Pero junto a esa dimensión simbólica y cultural, también han levantado un edificio de dogmas que se presentan como verdades absolutas, incuestionables y eternas. Y es precisamente ahí donde comienza el problema.

Un dogma no es una propuesta abierta al debate ni una hipótesis sujeta a revisión; es una afirmación blindada contra la crítica. Mientras la ciencia avanza corrigiéndose a sí misma, las estructuras dogmáticas se sostienen en la inmutabilidad. Cuando una institución religiosa (como la Iglesia Católica) ha pretendido convertir sus postulados en norma moral universal, no solo ha defendido una creencia: ha reclamado autoridad sobre la conciencia individual y la vida pública. Y la historia demuestra que, cuando fe y poder se fusionan, el resultado rara vez favorece la libertad.

Durante siglos, la religión institucional no solo ofreció consuelo espiritual; también legitimó jerarquías, silenció disidencias y se alió con poderes políticos para conservar influencia. La crítica no va dirigida a quien cree en su ámbito íntimo, sino al uso del dogma como herramienta de control social. Porque cuando se declara que una verdad es indiscutible por origen divino, se clausura el pensamiento crítico y se debilita la democracia. La libertad de expresión incluye el derecho a cuestionar cualquier afirmación que aspire a regir la vida de todos.

Se nos ha repetido que la religión es la fuente de la moral y que sin ella el ser humano quedaría a merced de su maldad. Sin embargo, la evidencia histórica y social muestra que la ética no es patrimonio exclusivo de la fe. Existen sociedades profundamente secularizadas donde la cooperación, la solidaridad y el respeto a la ley funcionan sin necesidad de fundamentarse en lo sobrenatural. La moral surge también de la empatía, de la convivencia y de acuerdos racionales que protegen la dignidad humana.

El gran engaño no es que alguien encuentre consuelo en su creencia, sino que se presente ese consuelo como verdad absoluta y obligatoria. Cuando el dogma sustituye al conocimiento, cuando la autoridad religiosa pretende situarse por encima de la razón, lo que se defiende no es la espiritualidad, sino el privilegio. Y todo privilegio que se protege de la crítica termina erosionando la libertad colectiva.

Hoy, el acceso al conocimiento es más amplio que nunca. La información circula sin los filtros que antes monopolizaban las instituciones. Cada vez más personas revisan las creencias heredadas y deciden por sí mismas qué aceptar y qué rechazar. No se trata de erradicar la fe, sino de despojarla de su pretensión de infalibilidad. Ninguna idea —por antigua o sagrada que sea— debe quedar al margen del examen racional.

La verdadera madurez social no consiste en imponer el ateísmo ni en blindar la religión, sino en garantizar que ambas posiciones puedan expresarse sin coacción. Si la fe es auténtica, no debería temer al debate. Y si un dogma no resiste la crítica, quizá no era una verdad, sino un relato sostenido por la costumbre y el poder.

La dignidad humana comienza cuando el individuo puede pensar sin miedo. Cuando la conciencia deja de estar tutelada por verdades impuestas y se atreve a preguntar. Porque solo allí donde el pensamiento es libre, la humanidad deja de ser rebaño y empieza a ser verdaderamente responsable de su destino.