Incendios, guerras, contaminación,
genocidios, torturas, persecuciones,
hambre, esclavitud infantil,
deforestación y extinción de
especies. Basta con repasar las
noticias o nuestra propia historia
para preguntarnos qué clase de
especie somos.
Nos consideramos la especie más
inteligente del planeta. Y
probablemente lo seamos. Pero
también somos la única capaz de
utilizar esa inteligencia para
destruir deliberadamente a millones
de seres humanos y devastar el mismo
planeta del que depende nuestra
existencia. Ningún animal acumula
riquezas por avaricia. Ningún
depredador mata por ideología.
Ningún lobo destruye su propio
hábitat para obtener beneficios
económicos. Nosotros sí. Y hay algo
todavía más inquietante:
sabemos lo que estamos haciendo.
Sabemos que contaminamos los
océanos, destruimos bosques,
provocamos guerras y aceleramos la
desaparición de otras especies.
Sabemos que millones de personas
pasan hambre mientras se
desperdician alimentos. Sabemos que
nuestra forma de consumir tiene
consecuencias. Y, aun así, seguimos
adelante. Por eso no resulta tan
descabellado imaginar un futuro en
el que una inteligencia artificial
verdaderamente avanzada pudiera
observar a nuestra especie y llegar
a una conclusión incómoda: el ser
humano constituye una amenaza para
su propio planeta.
La idea resulta aterradora. Pero
quizá debería servirnos como espejo.
Porque el ser humano no es
únicamente destrucción. Somos
también la especie capaz de sentir
compasión, proteger a otras
especies, salvar vidas, crear arte,
investigar enfermedades, defender la
libertad y sacrificarse por alguien
que ni siquiera conoce. Ahí está
nuestra contradicción. Somos
capaces de destruir el mundo y, al
mismo tiempo, somos capaces de
comprender que lo estamos
destruyendo. Y precisamente
por eso tenemos una responsabilidad
que ninguna otra especie puede
asumir por nosotros.
Quizá el verdadero progreso no
consista en dominar la naturaleza,
acumular riqueza o desarrollar
máquinas cada vez más inteligentes.
Quizá consista simplemente en
aprender a convivir sin destruir
aquello que nos rodea. Porque si
algún día una inteligencia
artificial se pregunta si la
humanidad merece continuar
existiendo, sería terrible que
nuestra propia historia le
proporcionara argumentos para
responder que no. Todavía estamos a
tiempo de escribir otra respuesta.
No necesitamos demostrar que
somos la especie más poderosa del
planeta. Necesitamos demostrar que
somos lo suficientemente
inteligentes como para no
comportarnos como una plaga.
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