|




Los
embaucadores al descubierto
Cuando la política se convierte en
negocio
Hay una
diferencia fundamental entre cometer
un error político y convertir la
política en un instrumento al
servicio de intereses privados. Lo
primero puede explicarse; lo segundo
demuestra la falta de integridad
moral y destruye la confianza de un
país entero en sus políticos y en la
política.
Ya no son solo los líderes
religiosos los que se delatan como
grades engañabobos y embaucadores,
ahora los políticos están quedando
con el culo al aire al dejar al
descubierto sus mentiras, su falsa
apariencia de personas con moral,
ética y decencia y sobre todo su
cinismo y cara dura tomando por
incautos y panolis al resto de
ciudadanos. Queda demostrado que la
política no solo se mide por lo que
dictan los tribunales, sino también
por la ejemplaridad de quienes la
ejercen. Y ahí es donde algunos de
los grandes predicadores de la
superioridad moral empiezan a
quedarse sin púlpito, dejando al
descubierto sus miserias, sus
pecados y su degradación moral y
humana.
José Luis Rodríguez Zapatero
construyó durante años un discurso
de ética, democracia y libertad.
Hoy, mientras la Justicia investiga
determinadas actuaciones, el
verdadero juicio ya es político. No
porque exista una condena, sino
porque las dudas son incompatibles
con la autoridad moral que él mismo
reclamó para señalar a los demás. Es
con mucho el mayor caso de cinismo y
burla a los ciudadanos.
Lo preocupante no es únicamente un
expresidente. Lo verdaderamente
inquietante es una forma de entender
el poder en la que la influencia
parece convertirse en un negocio y
los contactos institucionales en una
moneda de cambio. Casos como los de
Abalos, Koldo, Santos Cerdan, García
Ortiz, Tito Berni, Pardo de Vera,
Javier Herrero, Olga García, el
mismo Zapatero, Aldama, Julito,
Belén Gualda (SEPI), Manuel LLamas,
Bartolomé Lora, Mercedes González
(DIR G.C.), Begoña Gómez, Carlos
Barrabés, Ángel Gallardo,
Leire (la fontanera), Jacobo Teijelo,
David Sánchez, etc., etc., y
así hasta 126 imputados sin aparente
control en las estructuras del
Estado, ofrecen un panorama
desolador de nuestras instituciones
y quienes las administran y
gobiernan.
Si finalmente no se hallan delitos
delito, mejor para el Estado de
derecho y para los ciudadanos. Pero
la cuestión ética seguirá ahí y
retratará a esos personajes que una
vez llegan al poder se corrompen y
degeneran. Porque quienes ocupan las
más altas responsabilidades públicas
deberían evitar cualquier
comportamiento que erosione la
confianza de los ciudadanos, no solo
por ética y dignidad, sino por
respeto a los ciudadanos que los han
elegido.
El mayor daño es acostumbrar a la
sociedad a pensar que el poder
siempre acaba siendo un negocio, que
la influencia siempre tiene un
precio y que la ejemplaridad solo
dura hasta que se ocupa un cargo en
la estructura de poder del Estado.
Las instituciones
no pueden convertirse en una puerta
giratoria de favores ni en una
plataforma para intereses privados.
España necesita menos predicadores y
más servidores públicos. La
credibilidad no se exige; se
demuestra. Y, cuando se pierde,
cuesta mucho más recuperarla que
conquistarla.

La
integridad: el verdadero valor del
ser humano
La integridad es una de las mayores
virtudes que puede poseer una
persona. No consiste únicamente en
vivir de acuerdo con unas normas,
sino en actuar con honestidad,
dignidad y coherencia entre lo que
se piensa, se dice y se hace. El
respeto que recibimos de los demás
no se impone; se conquista con el
ejemplo que ofrecemos cada día.
Sin embargo, vivimos en una sociedad
en la que, con demasiada frecuencia,
el mérito, los principios, la moral
y la honestidad son desplazados por
el culto al dinero y al éxito
material. Cuando el llamado "dios
dinero" ocupa el lugar de los
valores, el ser humano frena su
crecimiento espiritual y su
evolución moral. Puede alcanzar una
imagen brillante y atractiva hacia
el exterior, pero corre el riesgo de
quedarse vacío por dentro,
transformándose en una pancarta
falsa para los demás
El verdadero
progreso no se mide por la riqueza
acumulada, sino por la calidad de
nuestros principios, por la rectitud
de nuestras acciones y por la huella
de bien que dejamos en los demás.
Porque una persona íntegra puede no
ser la más poderosa ni la más rica,
pero siempre será la más respetada
por quienes aún creen que la
dignidad y la honestidad siguen
siendo el mayor patrimonio del ser
humano.
Una sociedad
puede avanzar en tecnología,
economía o bienestar material, pero
si pierde la integridad de sus
ciudadanos y de quienes la dirigen,
ese progreso acaba siendo solo una
máscara que oculta una farsa
deplorable. Por desgracia hoy día
vivimos en una sociedad inmersa en
una apariencia que solo es un
espejismo, tras el cual solo hay
vació, depresión y hastío y donde la
gente integra en inteligente
prefiere la soledad.

|