El eclipse ya pasó. Y con él parece
haberse apagado también la
eclipsomanía que durante
semanas convirtió un fenómeno
astronómico en una especie de
acontecimiento planetario, mezcla de
espectáculo, negocio y peregrinación
colectiva.
Hubo aplausos, lágrimas, abrazos,
gritos de emoción y rostros
hipnotizados ante unos minutos de
oscuridad. Para muchos fue una
experiencia extraordinaria. Para
otros, una oportunidad de negocio. Y
para algunos, una magnífica ocasión
para presentarse como expertos en
astronomía, aunque hasta hace poco
apenas supieran distinguir un
eclipse de una conjunción.
No pretendo quitarle belleza al
fenómeno. Un eclipse total de Sol
es, sin duda, algo impresionante. Lo
que resulta curioso es nuestra
capacidad para convertir cualquier
acontecimiento en espectáculo,
amplificarlo hasta la exageración y
después olvidarlo con la misma
rapidez con la que llegó. Porque
mientras todos mirábamos hacia
arriba, nadie pareció
reparar en otros eclipses mucho más
cercanos y preocupantes.
Nadie vio el eclipse del empleo
precario. Ni el de unas pensiones
que cada vez preocupan más a quienes
tendrán que sostenerlas. Ni el
gravísimo problema de Ceuta y la
inmigración. Ni el de una deuda
pública que parece no tener techo.
Ni el de miles de jóvenes que pueden
contemplar el cielo, pero no
encuentran una vivienda que puedan
pagar. Ni el de una cesta de la
compra que cada vez pesa más en los
bolsillos. Ni el del trabajo
precario y sueldos de miseria.
Ni el de quienes trabajan y, aun
así, llegan con dificultad a fin de
mes. Tampoco hubo gafas especiales
para contemplar el eclipse de la
corrupción, ni telescopios capaces
de mostrarnos con claridad el
espectáculo político que soportamos
cada día. Para esos eclipses no hubo
festivales, ni escenarios, ni
retransmisiones especiales, ni miles
de personas desplazándose kilómetros
para contemplarlos.Quizá porque
mirar hacia el cielo resulta mucho
más cómodo que mirar hacia nosotros
mismos.
El eclipse fue real. La emoción
también. Pero alrededor del fenómeno
se construyó una enorme burbuja de
expectativas, propaganda y negocio.
Se vendió la experiencia de
contemplar durante poco más de un
minuto algo que ocurre de manera
natural desde que existen el Sol, la
Tierra y la Luna.
Y cuando terminó, volvió la luz.
Volvieron también los problemas. La
vivienda siguió siendo inaccesible.
La cesta de la compra no bajó. La
deuda continuó creciendo. La
corrupción no desapareció. La
política siguió ofreciendo su
particular espectáculo de
enfrentamientos, contradicciones y
absurdos. Quizá el verdadero eclipse
no estaba en el cielo. Quizá
el verdadero eclipse éramos
nosotros. Una sociedad
capaz de emocionarse ante la sombra
de la Luna, pero que parece haberse
acostumbrado a vivir bajo la sombra
de problemas que no quiere o no
puede resolver. El eclipse duró unos
minutos. Los otros pueden durar
años. Y esos, desgraciadamente, no
tienen fecha anunciada para
desaparecer....seguir
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