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La visita del Papa a España.
Entre el fanatismo y la indiferencia
Quiero
dejar claro desde el principio que mi ateismo no nace
de ninguna animadversión hacia los cristianos ni hacia la libertad de creer.
Cada persona tiene derecho a profesar la fe que considere adecuada y a encontrar
en ella consuelo, esperanza o sentido.
Partamos de que tu fe
no te llega por revelación, sino por imposición heredada de tu
familia, de la escuela, el colegio religioso o la iglesia. Mi crítica no va dirigida a los
creyentes, sino a una institución concreta y a la enorme influencia que todavía
conserva en nuestras sociedades. La Iglesia católica arrastra una historia compleja y,
en muchos aspectos, profundamente oscura. A lo largo de los siglos ha acumulado
poder político, riqueza y privilegios mientras predicaba humildad y
desprendimiento de bienes. Sin embargo vive en palacios, se rodea de oro y joyas
y ha construido un imperio terrenal para disfrutarlo en esta vida..
entre opíparos banquetes, sexo y otros vicios inconfesables, al
tiempo que predicaba humildad, castidad y pobreza. Ha participado en guerras, persecuciones, censuras, abusos de
poder y alianzas con regímenes que poco tenían que ver con los derechos humanos
y los valores
evangélicos que dice representar. Ha quemado, torturado, perseguido y aniquilado
a ordenes religiosas (cátaros, albigenses, templarios y herejes); ha
cometido genocidios con los pueblos indígenas, todo en nombre de ese
Dios, un Dios que es todo amor y misericordia. Los papas no siempre fueron líderes
espirituales; durante largos periodos actuaron como gobernantes, monarcas y
actores políticos cuya prioridad era preservar y ampliar la influencia de su
institución. Resulta difícil contemplar esa herencia histórica sin
espíritu crítico. Palacios, tesoros, ceremonias fastuosas y estructuras de poder
contrastan con el mensaje de pobreza y sencillez que supuestamente inspiraba a
la Iglesia. Esa contradicción no es una cuestión menor, sino uno de
los grandes problemas de credibilidad de la institución. También
considero preocupante la transmisión religiosa a edades tempranas.
En muchos casos, los niños adoptan una confesión por tradición
familiar o presión social antes de desarrollar una capacidad real de
análisis y elección. Aunque los padres tienen derecho a educar a sus
hijos según sus convicciones, también es legítimo preguntarse hasta
qué punto una formación religiosa cerrada puede limitar el
pensamiento crítico y la libertad futura de quienes aún no disponen
de las herramientas necesarias para decidir por sí mismos.
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