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España pierde
su identidad a pasos agigantados
No hay nación que pueda sobrevivir
si renuncia a su propia identidad. Y
eso es, precisamente, lo que está
ocurriendo en España. Durante
décadas, la clase política nos ha
vendido la inmigración masiva como
un fenómeno inevitable, beneficioso
e incluso deseable. Cualquier voz
crítica ha sido descalificada con
rapidez mediante etiquetas fáciles,
evitando así un debate serio sobre
las consecuencias culturales,
sociales y demográficas de un
proceso que está transformando el
país a una velocidad desconocida.
Pero la realidad siempre termina
imponiéndose al discurso oficial.
Una nación no desaparece únicamente
cuando pierde sus fronteras. También
desaparece cuando deja de
reconocerse en sus calles, en sus
barrios, en sus costumbres y en sus
valores. Cuando sus tradiciones
pasan a ser algo secundario y su
propia cultura deja de ocupar el
lugar central que le corresponde.
España siempre ha sido un país
abierto. Ha acogido a personas
procedentes de numerosos lugares del
mundo y muchas de ellas se han
integrado plenamente, contribuyendo
al progreso común. Sin embargo, la
cuestión no es si debe existir
inmigración, sino cuál es su
volumen, cómo se gestiona y hasta
qué punto la sociedad tiene
capacidad para integrar a quienes
llegan.
La integración no puede consistir
únicamente en obtener un empleo o
regularizar una situación
administrativa. Integrarse significa
aceptar que quien llega se incorpora
a una comunidad con una historia,
una lengua, unas normas y unas
costumbres que merecen ser conocidas
y respetadas. Si ese proceso falla,
la convivencia se resiente y aumenta
el riesgo de fragmentación social.
Hoy basta pasear por muchas ciudades
españolas para comprobar que el
cambio demográfico es profundo. La
presencia de trabajadores nacidos en
el extranjero es muy visible en
numerosos sectores y barrios. Este
hecho responde a múltiples causas,
entre ellas el envejecimiento de la
población y las necesidades del
mercado laboral, pero también
plantea una pregunta legítima: ¿cómo
preservar una identidad común
mientras la sociedad cambia con
tanta rapidez? Hoy, mientras el
ratio de nacimientos de españoles
esta en 1,5, el de la población
inmigrante se dispara hasta el 5,7%.
Con una población española
envejecida en un 64%. ¿Que ocurrirá
a la vuelta de 10 o 20 años? Echen
cuentas.
Y lo verdaderamente preocupante no
es la diversidad en sí misma, sino
la renuncia de quienes deberían
defender el legado histórico y
cultural de España. Mientras otras
naciones protegen con orgullo su
idioma, sus tradiciones y sus
símbolos, aquí parece que
reivindicar la identidad nacional se
ha convertido para algunos en un
motivo de sospecha. Una sociedad que
deja de valorar lo que ha heredado
termina perdiéndolo. La identidad
nacional no se destruye de un día
para otro; se erosiona lentamente
cuando nadie la defiende, cuando
deja de transmitirse y cuando se
considera prescindible.
No existe ningún
país serio que mantenga una política
migratoria sin límites ni
condiciones. Todos regulan quién
entra, quién permanece y bajo qué
criterios. España también tiene
derecho a hacerlo, no por rechazo al
extranjero, sino por responsabilidad
hacia su propio futuro. Defender la
identidad española no es un acto de
xenofobia. Es un acto de
supervivencia cultural. Es afirmar
que España tiene derecho a seguir
siendo España, con su lengua, su
historia, sus tradiciones, sus
fiestas populares, su patrimonio y
los valores democráticos que la
sustentan.
Porque la verdadera riqueza de
Europa reside en la existencia de
naciones con personalidad propia. Si
todas terminan perdiendo aquello que
las hace diferentes, Europa también
perderá una parte esencial de sí
misma. No se trata de levantar muros
ni de sembrar enfrentamientos. Se
trata de exigir políticas
migratorias responsables, una
integración efectiva y el compromiso
de preservar el patrimonio cultural
e histórico que hemos recibido.
Porque las naciones no son eternas.
Permanecen mientras sus ciudadanos
tengan la voluntad de conservarlas.
Duele ver como hoy día, cualquier
lugar de una gran ciudad, o de una
provincia como una cafetería, un
restaurante, tiendas, supermercados,
cines, ambulatorios, bares,
servicios, parques, museos,
transportes públicos (metro y
autobús), cines, teatros, fiestas,
etc, etc.,) el 90% y en otros el
100% del personal suele ser
inmigrante, mayoritariamente
sudamericano y marroquí. Luego están
los Zocos, las mezquitas, las
iglesias evangelistas con todo tipo
de sectas, los mercadillos que
inundan nuestra querida España,
donde predomina "la etnia". Barrios
enteros en las mas grandes ciudades
están integrados casi al 96% de
personas inmigrantes de todas las
nacionalidades con sus culturas y
costumbres, que conservan y
mantienen su propia idiosincrasia.
La historia enseña que ningún pueblo
desaparece por casualidad.
Desaparece cuando deja de creer en
sí mismo. Ya ocurrió con el gran
Imperio Romano. Y esa es la pregunta
que España debería hacerse antes de
que sea demasiado tarde:
¿queremos seguir siendo una nación
con identidad propia o convertirnos
en un territorio donde la identidad
común se diluya hasta desaparecer?
Porque avanzamos por ese camino a
pasos agigantados. Todavía
estamos a tiempo de marcas unas
políticas que lo frenen o lo
impidan. Hay que actuar ya , porque
el tiempo corre en contra nuestra..seguir
leyendo....

El día en que la bondad se convirtió
en una debilidad
Muchos signos evidencian la perdida
de referentes éticos que nos lleva
al libertinaje y a la degradación de
la sociedad.
No hay mayor síntoma de
decadencia que aquel en el que una
sociedad deja de admirar a las
personas honradas para rendir
pleitesía a quienes han alcanzado el
éxito a cualquier precio. Cuando el
honrado es tratado de ingenuo, el
trabajador de mediocre y el hombre
íntegro de necio, mientras el
corrupto, el tramposo o el
despiadado son elevados a la
categoría de triunfadores, algo muy
profundo se ha roto en la conciencia
colectiva.
Nos han hecho creer que el dinero lo
justifica todo, que el poder
absuelve cualquier conducta y que el
éxito borra las huellas de la
inmoralidad. Poco importa cómo se
haya conseguido una fortuna, cuántas
personas hayan sido perjudicadas o
cuántos principios hayan sido
traicionados. Para demasiados, basta
con exhibir riqueza para obtener
admiración, respeto e incluso
prestigio. Mientras tanto, millones
de personas se levantan cada mañana
para ganarse la vida con esfuerzo,
pagan sus impuestos, cumplen con su
palabra, respetan las leyes y
procuran actuar con honestidad. Sin
embargo, rara vez ocupan portadas ni
reciben reconocimiento alguno. Su
única recompensa es poder dormir con
la conciencia tranquila, un tesoro
que hoy parece haber perdido valor
frente al brillo efímero del dinero.
Lo más preocupante no es la
existencia de personas sin
escrúpulos; esas siempre han
existido. Lo verdaderamente
alarmante es que una parte de la
sociedad las admire, las imite e
incluso las justifique. Peor aún
cuando quienes deberían ser ejemplo
(responsables públicos, dirigentes
económicos o figuras influyentes)
olvidan que la autoridad solo es
legítima cuando va acompañada de
integridad. Una nación no fracasa
únicamente cuando quiebran sus
empresas o se vacían sus arcas.
Comienza a fracasar cuando la
mentira se convierte en estrategia,
la corrupción en costumbre, el
engaño en inteligencia y la bondad
en motivo de burla.
Ese es el instante en que la
justicia pierde fuerza frente al
poder, el mérito deja paso al
privilegio y la dignidad queda
relegada por la ambición desmedida.
A partir de ahí, la decadencia es
solo cuestión de tiempo. Porque
ningún pueblo puede construir un
futuro sólido sobre los cimientos de
la inmoralidad. Ninguna economía
prospera indefinidamente donde la
corrupción sustituye al esfuerzo.
Ninguna democracia permanece sana
cuando la decencia deja de ser un
valor y pasa a ser una excepción.
Quizá todavía estemos a tiempo de
rectificar. Pero para hacerlo será
necesario volver a enseñar que el
verdadero éxito no consiste en
acumular riqueza, sino en conservar
la dignidad; que el mayor patrimonio
de una persona no es su cuenta
bancaria, sino su palabra; y que la
conciencia limpia vale infinitamente
más que cualquier fortuna conseguida
a costa de perder el honor. Porque
una sociedad que aplaude al malvado
y ridiculiza al hombre bueno no solo
pierde sus valores. Pierde
su alma. Y cuando un pueblo
pierde el alma, ya nada puede
salvarlo del lento camino hacia su
propia decadencia...seguir
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