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La nefasta politica de vivienda y el pánico ante una posible
Guerra Nuclear
España
tiene muchos problemas. Algunos nos afectan al bolsillo, otros a
nuestra forma de vida y otros, quizá, a nuestro futuro. La vivienda
se ha convertido en uno de ellos y tiene dificil solución.
Pero todo esto,
por grave que sea, puede quedar convertido en una anécdota si Europa
comete el error de acostumbrarse al lenguaje de la guerra nuclear.
Porque existe un problema infinitamente más peligroso que el precio
de un alquiler.
La posibilidad de que una guerra convencional termine convirtiéndose
en una guerra nuclear.
Y esto ya no pertenece
al terreno de la ciencia ficción. En los últimos días, Rusia ha
vuelto a lanzar advertencias sobre el posible empleo de armas
nucleares si considera amenazada su seguridad. Moscú ha relacionado
estas advertencias con las tensiones crecientes con la OTAN y,
específicamente, con la situación de Kaliningrado. La Alianza
Atlántica, por su parte, sostiene que mantiene una postura defensiva
y que no existe actualmente una amenaza inmediata contra su
territorio. Aquí es donde deberíamos detenernos todos.
Porque cuando dos bloques militares dotados de arsenales nucleares
comienzan a intercambiar amenazas, cuando cada nuevo envío de armas
puede ser interpretado por el adversario como una escalada y cuando
las líneas rojas se multiplican, el riesgo más peligroso
no es solamente la voluntad de iniciar una guerra, sino la
posibilidad de que alguien termine equivocándose al calcular hasta
dónde puede llegar.
Y una guerra nuclear no tendría vencedores.
No habría buenos y malos contemplando la victoria desde un balcón.
No habría mercados, pensiones, alquileres, elecciones ni debates
parlamentarios. No habría vencedores ni vencidos. Habría
destrucción. Total. Por eso resulta preocupante que en Europa se
hable con tanta ligereza de aumentar la capacidad militar, enviar
armamento cada vez más sofisticado a Ucrania y elevar el nivel de
confrontación, mientras la diplomacia parece ocupar un lugar
secundario.
Apoyar a Ucrania, defender la soberanía de un país o garantizar la
seguridad europea son cuestiones legítimas que pueden y deben
debatirse. Pero también debería existir un límite que nadie
estuviera dispuesto a cruzar: el riesgo de convertir una
guerra localizada en un enfrentamiento directo entre potencias
nucleares.
No se trata de tener miedo a Rusia ni de aceptar sin más las
posiciones del Kremlin. Tampoco de justificar la invasión de
Ucrania. Se trata de comprender una realidad elemental:
cuando enfrente hay una potencia nuclear, la prudencia deja de ser
cobardía y se convierte en responsabilidad.
Putin ha advertido que
Rusia está dispuesta a utilizar todos los medios disponibles para
defender lo que considera sus intereses vitales. Occidente responde
que no se dejará intimidar por el chantaje nuclear. Y mientras unos
amenazan y otros responden, el mundo observa cómo aumenta una
tensión que nadie debería querer llevar hasta sus últimas
consecuencias. Quizá algunos dirigentes piensen que siempre habrá un
momento para detenerse. Ojalá tengan razón. Porque el problema de
jugar con fuego es que basta una sola chispa.
Y cuando el fuego es
nuclear, no existe una segunda oportunidad.
Podemos discutir durante años si el aoferta
del alquiler
debe subir o bajar, si el Gobierno acierta o se equivoca con sus
decretos, si hacen falta más viviendas públicas o si hay que
aumentar la privada. Podemos discutirlo todo. Pero hay algo mucho
más importante que deberíamos exigir a quienes toman decisiones en
nuestro nombre:
que nunca permitan que sus ambiciones políticas, estratégicas o
militares conduzcan a Europa hacia un punto del que ya no exista
retorno.
Porque una cosa es equivocarse con una política de vivienda. Y otra,
infinitamente más grave, sería equivocarse con una guerra nuclear.
De la primera podemos recuperarnos. De la segunda no quedará nadie
para contarlo. |