Un eclipse total de Sol es un
fenómeno extraordinario. No necesita
presentación, festival ni fuegos
artificiales. La naturaleza lleva
millones de años organizándolo
perfectamente. Pero nosotros hemos
decidido mejorarlo, exagerarlo,
manipularlo y darle carácter casi
apocalíptico. Ahora resulta que hay
que montar festivales,
concentraciones, música,
actividades, expertos aficionados
que surgen al ritmo de los
acontecimientos (como las amapolas
en primavera), y toda una
liturgia colectiva para vivir unos
minutos de oscuridad. Y, según nos
cuentan, habrá quien rece, llore,
salte o se abrace presa de una
«adrenalina tremenda». ¿De verdad?
¿Hasta ese punto nos dejamos
influenciar por los
predicadores de sueños? Un poco de
honestidad intelectual y
personalidad, por favor, que
parecemos rebaños, sin criterio ni
espíritu.
Estamos convirtiendo un fenómeno
astronómico en una especie de
éxtasis colectivo de masas,
donde parece que quien no grite, no
llore o no se abrace apasionadamente
durante el eclipse se estará
perdiendo algo trascendental. Quizá
hemos perdido la capacidad de
contemplar una maravilla sin
convertirla en espectáculo. Y que
nadie me malinterprete: el
eclipse me parece interesante, pero
no fascinante; el circo que estamos
montando alrededor, llega a ser
patético.
No sé si detrás de tanta
parafernalia hay intereses
turísticos, institucionales o
comerciales. No tengo pruebas para
afirmarlo. Pero sí sé que cuando
alrededor de unos minutos de
oscuridad se despliega semejante
maquinaria de promoción, resulta
inevitable preguntarse dónde termina
la divulgación y dónde empieza el
negocio del espectáculo. Porque una
cosa es acercar la ciencia a la
gente y otra utilizarnos para fines
espurios.
Y otra muy distinta es
vender emoción, fabricar expectación
y convertir un eclipse en una
especie de peregrinación cósmica.
El Sol y la Luna no
necesitan que les hagamos
publicidad. Solo necesitan
que levantemos la mirada.
Lo demás, sinceramente, empieza a
parecerme un poco ridículo. Y hasta
patético.....seguir
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