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El Papa que
vendía humo
El espejismo
de la fe ante la urgencia de la realidad
La reciente visita papal ha vuelto a desplegar esa fastuosa maquinaria de
liturgia, multitudes y cobertura mediática a la que nos tiene acostumbrados
el Vaticano. Para millones de fieles, el evento se percibe como un hito
espiritual indiscutible. Sin embargo, cuando se disipa el humo de la
parafernalia y se apagan los focos de la escenografía, resulta imperativo
plantear una pregunta tan incómoda como necesaria: ¿qué le queda a la
ciudadanía una vez que el séquito se marcha?
La realidad de la sociedad actual no se nutre de dogmas ni de promesas
metafísicas. Los desafíos a los que se enfrenta la población son
profundamente terrenales, urgentes y dolorosos. Hablamos de la imposibilidad
de los jóvenes para acceder a una vivienda digna, de salarios que no
alcanzan a cubrir la cesta de la compra, de la precariedad laboral, de la
desprotección de la infancia y de la compleja gestión de las crisis
migratorias. Ante este panorama, cabe cuestionar qué soluciones concretas
aporta la presencia de un líder religioso a los Presupuestos Generales del
Estado o al bienestar material de los contribuyentes, quienes, a fin de
cuentas, sufragan los costes de estos despliegues. La respuesta es ninguna.
Desde una perspectiva estrictamente racional y secular, el núcleo del
problema radica en el conformismo que la estructura eclesiástica tiende a
inocular. Históricamente, el relato religioso ha funcionado bajo una premisa
de sumisión: la promesa de una recompensa celestial en el más allá a cambio
de la resignación ante las injusticias del más acá. Se apela a un Dios
teóricamente omnipotente y bondadoso, pero cuya flagrante inacción ante las
guerras, los genocidios, el hambre y la enfermedad contradice esa supuesta
naturaleza protectora.
Los defensores de la institución argumentarán que el propósito de la Iglesia
no es legislativo ni económico, sino ofrecer consuelo moral y esperanza. No
obstante, la esperanza no se traduce en políticas públicas eficaces, ni en
avances científicos, ni en una distribución justa de la riqueza. Los
problemas estructurales de una nación se resuelven mediante el desarrollo
económico, la educación crítica y el compromiso ciudadano, no a través de
ficciones intangibles.
El verdadero progreso de la humanidad comenzará cuando se asuma de forma
colectiva que las deidades son una creación a imagen y semejanza del ser
humano, y no al revés. Atribuir la resolución de nuestras crisis a una
entidad invisible solo posterga la búsqueda de soluciones reales. La fe
puede ser un refugio individual, pero cuando se pretende utilizar como
respuesta a los problemas del mundo real, se convierte en un costoso
espejismo que no alimenta, no cura y no emancipa.....seguir
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