Decir la verdad también es querer a un pueblo
A veces me han reprochado que, cuando escribo sobre Arrabalde, lo hago desde una visión demasiado pesimista. Que hablo de despoblación, de unas fiestas que han perdido calidad, de una plaza que se ha quedado sin vida o de un patrimonio histórico que, en mi opinión, no está a la altura de lo que se anuncia. Puede ser una crítica incómoda, pero no creo que sea pesimismo. Creo que es simplemente mirar la realidad de frente. Quiero a Arrabalde y no necesito demostrarlo llenando cada página de elogios. Es un pueblo hermoso, probablemente el que más me gusta de la comarca, con una situación privilegiada sobre una elevación que históricamente lo ha protegido de las riadas y con un paisaje y un entorno natural que merecen ser valorados. Precisamente porque lo quiero, me cuesta aceptar que se maquillen sus problemas en lugar de afrontarlos. Esta página huye de los bulos, cuentos y habladurías y solo constata la realidad de los hechos a la vez que no escribo ni para alabar ni para agradar a ciertas personas.
Nuestra realidad demográfica no admite demasiados adornos. Arrabalde llegó a superar los 1.100 habitantes a comienzos del siglo XX y hoy apenas ronda los 180. Hemos perdido más de mil habitantes en poco más de un siglo. Y lo verdaderamente preocupante no es solamente la cifra, sino su composición: más de la mitad de la población supera los 65 años. Si la tendencia continúa y seguimos perdiendo alrededor de diez habitantes cada año, el futuro puede llevarnos hacia un pueblo con poco más de noventa empadronados y, probablemente, con menos de cuarenta residentes habituales. ¿Decir esto es ser pesimista? Yo creo que no. Pesimista sería saberlo y guardar silencio.
También he criticado las fiestas de los últimos años. No porque pretenda desmerecer el trabajo de nadie, sino porque creo que una fiesta debe ser algo más que cumplir un programa. En los dos últimos años, tanto en Mayo como en Agosto, las peñas han sido en buena medida las que han aportado la alegría, la participación y esa «vidilla» que necesita cualquier pueblo. Y mientras tanto, la desaparición del Bar de la Plaza del Pueblo ha supuesto mucho más que el cierre de un establecimiento: se ha apagado uno de los principales lugares de encuentro social de Arrabalde. La plaza, que durante tantos años fue corazón y punto de reunión, ha perdido buena parte de su vida. Decirlo no significa estar contra nadie. Significa preguntarnos si queremos recuperar esa vida social y qué podemos hacer para conseguirlo.
Algo parecido ocurre con nuestro patrimonio histórico. Publicitar la existencia de un Castro en nuestra sierra puede ser un recurso extraordinario para Arrabalde, pero precisamente por eso creo que debemos ser rigurosos con lo que ofrecemos al visitante. Si presentamos la sierra como un lugar turístico excepcional y hablamos de un castro como uno de nuestros grandes atractivos históricos, quien sube hasta allí tiene derecho a encontrar algo que permita comprender y apreciar aquello que se le ha prometido. Si después de subir encuentra un paisaje sin apenas elementos interpretativos, sin vestigios visibles y una reconstrucción que por sí sola difícilmente permite comprender la verdadera dimensión del asentamiento que se publicita, es legítimo preguntarse si estamos aprovechando realmente nuestro patrimonio o hubiese sido preferible los 20 molinos que nos aportarían cuantiosos beneficios. Y cuando determinadas interpretaciones históricas o arqueológicas son objeto de revisión por nuevas investigaciones, lo razonable no es aferrarse al relato más cómodo, sino explicar también esas dudas con honestidad.
Con el dolmen ocurre algo parecido. Si una construcción que se presenta como monumento histórico ha sufrido reconstrucciones o incorporaciones sucesivas que alteran lo que originalmente existía, creo que el visitante merece conocer la historia real del lugar, no una versión adornada para hacerla más atractiva. No creo que Arrabalde necesite propaganda. Necesita verdad, criterio y ambición. No escribo para halagar a instituciones, asociaciones o personas. Tampoco para atacar a nadie. El elogio, cuando alguien lo merece, también forma parte de lo que escribo. Pero no considero que la función de una página dedicada a un pueblo sea convertirse en un escaparate donde todo sea maravilloso y cualquier crítica resulte incómoda, al contrario, siempre será constructiva.
Los medios de comunicación pueden elegir el camino del aplauso permanente (los hay). Yo prefiero conservar mi libertad para decir lo que pienso, con respeto pero sin servidumbres. No me debo a ninguna institución, ni pública ni privada. Si acaso, me debo a los vecinos y a la verdad que creo que merecen conocer. Porque querer a un pueblo no consiste en decir que todo está bien cuando no lo está. Quererlo es también advertir cuando pierde habitantes, cuando una plaza se queda vacía, cuando unas fiestas pierden fuerza, cuando un recurso turístico no responde a las expectativas o cuando nuestro patrimonio necesita algo más que discursos. Y si alguien considera que señalar esas cosas es ser pesimista, lo acepto. Yo prefiero llamarlo de otra manera: honestidad intelectual. Porque un pueblo no mejora cuando le dicen continuamente lo bien que está. Mejora cuando alguien se atreve a decir dónde están sus problemas y, sobre todo, cuando existe voluntad de solucionarlos....seguir leyendo...
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